Esperé
por ti.
Como
si Adolf Hitler, en un arrebato de humanidad hubiese dicho:
Maldita
sea, dejad que se vayan los niños.
Que
las mujeres recojan su ropa y se suelten el pelo.
Que
los hombres regresen a Berlín
o
a cualquier lugar, no importa. Apagad las duchas,
restituid
sus derechos y cubrid las heridas
con
un vendaje arrepentido.
Lo
hicimos mal, muy mal.
Tirad
las armas y el uniforme.
Sufragaremos
los gastos de la derrota
y
la agonía del desconsuelo.
Cambiaremos
las bombas
por
octavillas cargadas
con
peticiones de perdón.
Aclamaremos
a los poetas
y
editaremos de nuevo los libros
quemados
en la Bebelplatz.
Pero
no regresaste.
Ni
recompusiste los cristales quebrados
que
lloraban sobre el suelo.
Ni
atornillaste la mesa, ni mantuviste la calma
ante
el herido reproche.
Seguiste
adelante.
Dirigiendo
pelotones extintos,
desoyendo
la voz de tus generales,
desviando
la culpa
para
evitar enfrentarte
a
la guerra
que habías
creado.
Decidida
y fuerte,
desmedida
y fría,
fuiste
víctima
de
tu propio orgullo.







